Panteón Nacional de Hombres Ilustres

El poco conocido Panteón Nacional de Hombres Ilustres es una decepción.

Y en esto estará de acuerdo cualquier visitante que ante el pomposo título del edificio se imagine algo remotamente parecido al Panteón de París, o espere ver muchos monumentos funerarios de reconocidos artistas.

En el siglo XIX se planteó utilizar la basílica de San Francisco el grande para acoger los restos de grandes artistas españoles, y con tal fin se pusieron a buscar los restos de Cervantes, Tirso de Molina, Quevedo, Velázquez… de los que pocos aparecieron, y es que en este país nunca se tuvo demasiada memoria ni demasiada estima por la conservación de la cultura.

De Velázquez se sabe que fue enterrado en la cripta de la iglesia de San Juan Bautista, que fue demolida por Jose Bonaparte, pero nunca se supo qué fue de los restos.

Cervantes y Lope de Vega, rivales y vecinos, sufrieron finales similares: tras su muerte fueron enterrados respectivamente en el convento de las Trinitarias uno y en la iglesia de San Sebastián el otro. Pero tras una reforma en el primero y que nadie se hizo cargo del pago de la tumba en el segundo, sus restos debieron pasar a fosa común y ahí se perdieron.

Calderón de la Barca fue enterrado en el primigenio Panteón de Hombres Ilustres, cuando este estuvo en la basílica de San Francisco el grande, pero nunca se trasladaron al nuevo Panteón y sus restos se perdieron tras ser destruida la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores en la guerra civil.

Quevedo fue enterrado si respetar ni una sola de las indicaciones que había dejado, y cuando su cuerpo fue buscado para el primer Panteón, los restos que se enviaron correspondían a una mujer y nunca se supo donde estaban los originales.

Conociendo estos antecedentes parece loable que se decidiera dar un justo homenaje a los hombres ilustres de la época. Para ello, tras la guerra de la independencia, la regente Maria Cristina decidió que en la nueva basílica de Nuestra Señora de Atocha debía incluir un panteón. En concurso público se eligió el proyecto de  Fernando Arbós y Tremanti, que incluía un campanile italiano y un panteón a modo de claustro de la basílica, que a la postre fueron los únicos en concluirse.

Cuando se inauguró incluía los restos de Palafox, Castaños, Concha, Prim y Ríos Rosas. Luego de Francisco Martínez de la Rosa, Diego Muñoz-Torrero, Juan Álvarez Mendizábal, José María Calatrava, Salustiano Olózaga, Agustín Argüelles, Antonio Cánovas del Castillo, Práxedes Mateo Sagasta, Eduardo Dato y José Canalejas.

Muchos restos volvieron a su ubicación original y algunos de los monumentos funerarios no contienen restos algunos, aunque se mantienen conjuntos escultóricos de mucho valor:

  • El monumento a Canalejas, presidente del gobierno liberal y asesinado en 1912 es obra de Benlliure: un hombre y una mujer en marmol blanco trasladan el cuerpo de Canalejas hacia el sepulcro.
  • Manuel Gutierrez de la Concha, Marqués de Duero, militar y político liberal-moderado. Un sepulcro mural de Arturo Mélida y Alinari y Elías Martín.
  • El monumento a Sagasta, también presidente del gobierno liberal, también obra de Benlliure y también asesinado.
  • Eduardo Dato, presidente del gobierno conservador, con esculturas de Benlliure también.
  • Antonio de los Ríos Rosas en cambio tiene esculturas de Pedro Estany
  • Y el de Cánovas del Castillo tiene esculturas de Agustín Querol.
  • Por último, en el patio hay un mausoleo conjunto, mucho más discreto que el resto de monumentos, que recoge los restos de Federico Aparici, Ponciano Ponzano y Sabino Medina

Tal como expresaba al principio de este texto, el panteón es una decepción. Bueno, todo lo decepcionante que puede ser un edificio precioso, con detalles muy originales y que contiene algunas estatuas excepcionales de algunos de los mejores escultores españoles.

 

 

 

 

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